Algarabía. Elecciones en Rusia. La fiesta de la democracia por excelencia ha llegado al mastodonte euroasiático. El 4 de marzo de 2012, los rusos confirman presidente. ¿Confirman? Sí, claro. Putin, Vladimir Putin, primer ministro actual, vuelve a presentarse a las elecciones. Putin está ¿de vuelta?

            La bicefalia ejecutiva Medvédev-Putin revela ahora su verdadera razón de ser: gastar tiempo. Dimitri Medvédev ha dirigido desde 2008 el destino ruso. Mientras, Putin aguardaba su  momento en un segundo plano, el del primer ministro. Sin embargo, la retirada, todo el traspaso de poderes se ha revelado como pura escenografía. Putin no podía optar a un tercer mandato consecutivo porque se lo impide la Constitución. En consecuencia, aúpa a su delfín a la presidencia rusa –verdadero poder de la Federación- y él se queda atrás. Una obra de teatro bastante tosca. Ahora llega el 2º acto. Las motos de nieve se han puesto en marcha para llevar el voto hasta los terrenos más inhóspitos. Primero, elecciones parlamentarias; luego, en marzo, presidenciales.

El ex agente del KGB volvería entonces a la primera línea. La imagen occidental de Putin es la de un presidente sin complejos que caza, bucea, escala y monta a caballo ante los objetivos de las cámaras fotográficas. El año próximo romperá las 60 primaveras, pero el antiguo teniente coronel parece invencible.

Sin embargo, mitomanía de medios occidentales aparte, la cuestión es qué ocurre dentro de Rusia, en el mismo Moscú. Anna Politkovskaya calificó el ascenso de Putin al poder como “la defunción de la democracia”[i]. En sus numerosos artículos denunció una y otra vez el carácter dirigido de la democracia, a la que considera mera emulación. En la misma línea, Sergei Kolalev, director del Instituto de Derechos Humanos de Moscú, ha calificado al previsible presidente como “la figura más siniestra de la historia coetánea de Rusia”[ii].

Pese a semejantes elogios, Putin arrrasa en las encuestas. Cuando cedió la presidencia en 2008 contaba con un 70% de popularidad[iii]. Su partido, Rusia Unida, se asemeja a una cohorte creada a imagen y semejanza y con el único propósito de amparar a su dirigente en el arco parlamentario. Una asociación de acólitos. Vladimir se basta solo. Sin oposición política efectiva y con la televisión, principal medio de comunicación, bajo control, toda Rusia está putinizada.

“Los medios de comunicación de masas –escribe Kolalev- nos han machacado implorablemente con imágenes de Putin como líder carismático al frente de un renacer nacional, mientras se pina el patriotismo como garante de la estabilidad y el orden”[iv]. El método parece funcionar. Pues para gran parte de los ciudadanos rusos, Putin es el hombre que se plantó ante Occidente y dijo basta. Gracias a él, su nación dejó de esconderse, de ser un país de borrachos ciegos de una riqueza que nunca esperaron ni supieron manejar. Putin, o así se ha vendido, es “orgullo ruso”. Es por lo tanto un producto de los noventa. Una especie de Ave Fénix que vino a recuperar una moral tan hundida como la economía tras el fin de la etapa soviética.

            Yuri Luzhkov, alcalde de Moscú desde 1992 y cesado por Medvédev el año pasado, considera que “Putin tiene sentido común y, aunque limitó algunas libertades democráticas, se controla más […] Rusia va a elegir a Putin, que, por lo menos, será mejor presidente, no se dedicará a pequeñeces, ni a esa tonta política de ceses [en alusión a Medvedev]. Cuando le preguntaron a Medvédev cuál era el principal resultado de su presidencia, dijo que había sustituido a la mitad de los gobernadores. Si hubiera dicho que la gente vive mejor, eso sí sería un resultado”[v].

            Leyendo a Luzhkov, puede pensarse en la necesidad, ante un problema, de una mano dura, de un dirigente autoritario. Es el mismo modelo de mando concebido por Putin, aquel en el que el auténtico mandatario detenta la clase de poder que puede hacer cualquier cosa, incluido cometer delitos. No obstante, el propio ex alcalde moscovita admite al reportero que “en este país [por Rusia] no veo condiciones aceptables para un trabajo político activo. No hay democracia. No hay libertad en los medios de comunicación.”[vi].

            El retrato de Luzhkov añade más sombras a la ecuación. Por un lado, el ferviente luchador contra los oligarcas; por el otro, el limitador de libertades y derechos civiles. No obstante, con Europa en retirada y Estados Unidos ahogada por sus problemas económicos, es previsible que Rusia, una vez Putin alcance el poder, se repliegue en sí misma y en sus aliados más directos. Solo ante su mundo, Putin no tendría que rendir cuentas a nadie. Nada de alianzas incómodas.

El discurso patriótico volverá a la Duma, a esa Rusia en la que no cabe la crítica. De hecho, la propia Politkovskaya pagó sus artículos con la vida. La tirotearon en su ascensor. Fue un asesinato, pero también un encargo. ¿De quién? Sigue sin resolverse. El ex espía Alexander Litvinenko investigó su muerte. Fue envenenado. Murió. Putin se negó a extraditar a su supuesto asesino. Tanto en un caso como en otro negó toda relación. La sospecha, en cambio, permanece.

            Pero el motor electoral ya está en marcha. Rusia no se detiene. El Kremlin ansía recuperar su verdadero inquilino, y este desea reconquistarlo; ese Kremlin putinesco que todo lo sabe, que todo lo ve. Pero Putin no volverá. Nunca se ha ido.


[i] Politkovskaya, Anna. Diario Ruso. Barcelona: Debate, 2007

[ii] KOVALEV, Sergei. “El modelo bizantino de poder: ¿por qué gana Putin?” En: Claves de razón práctica. Nº 179 (2008), p. 61

[iii] RUIZ, Francisco. “Medvédev y Putin: ¿Perpetuados en el poder?”. En: Foreign Policy en español (http://www.fp-es.org)

[iv] KOVALEV, op. cit., p. 65

[v] BONET, Pilar. “Yuri Luzhkov. “El temor reina en Rusia””. El País DOMINGO, 30/10/11, p.10-11

[vi] Ídem

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